Del labrador se dice que es noble, paciente y bueno con los niños. Muchos lo son. Pero en un estudio genético con miles de perros mestizos, tener más sangre de labrador no los volvió más sociables con la gente (Morrill y colegas, 2022, Science). La fama no viene incluida en el cachorro.
Viene de Terranova, en Canadá, donde ayudaba a los pescadores, y en Inglaterra lo afinaron como perro de caza. Lo hicieron para ir por algo y traerlo de vuelta.
Hay algo que casi ningún dueño sabe. Uno de cada cuatro labradores de familia carga una variante del gen POMC, ligada a más peso, más grasa y más hambre. Y no viene sola: hay otros genes que suman su parte al riesgo de engordar.
Y aquí está el giro. Esos perros no se llenan más tarde ni disfrutan más el bocado que los demás: lo desean más. Ante una salchicha encerrada en una caja, insisten más tiempo. Y en reposo queman menos energía; con dos copias, cerca de una cuarta parte menos (se midió en el retriever de pelo liso, un pariente cercano). Más hambre y menos gasto, al mismo tiempo.
¿De dónde salió? El riesgo genético de engordar es más alto en los labradores criados para perros de asistencia, y los investigadores plantean una posibilidad incómoda: un perro con mucho impulso por la comida aprende fácil con premios, y por eso pudo ser el elegido para criar; también puede ser simple azar genético. Si fue lo primero, lo que lo vuelve fácil de entrenar puede ser lo mismo que lo vuelve fácil de engordar.
La sangre pone la salida. El resto se escribe después: en sus primeras semanas, en el plato, en lo que se le enseña y en la casa donde crece. En un estudio con más de 18.000 perros, la raza explicó apenas el 9 % de las diferencias de conducta entre uno y otro (Morrill y colegas, 2022). El resto lo pone cada individuo: sus genes propios y su historia.
Que su labrador pida comida todo el día no es un defecto de carácter. Es biología, y la biología se maneja: en los labradores con más riesgo genético, un control más firme del plato y del ejercicio sí bajó su condición corporal.