Al cocker lo elige la gente por la mirada y por esas orejas largas, sedosas, que dan ganas de tocar. Pocos dueños saben que esas mismas orejas van a ser, con diferencia, lo que más trabajo les dé.
Nació en Gran Bretaña como perro de caza: se metía en la maleza para hacer volar a la becada, el ave que en inglés se llama woodcock, y de ahí le quedó el nombre. Del otro lado del Atlántico se formó después otra raza, el cocker americano, más chico, de cabeza redonda y ojos grandes. En Costa Rica a los dos se les dice «cocker», y no son el mismo perro.
Y aquí está lo que no sale en ningún anuncio. En los registros de clínicas del Reino Unido, el cocker inglés tuvo casi quince veces más probabilidades que cualquier otro perro de que le encontraran secreción en el oído. Y en esos mismos registros tuvo siete veces menos probabilidades de dermatitis atópica y de alergia (Engdahl y colegas, 2024). Los autores lo concluyen sin rodeos: en esta raza, la alergia de la piel no parece ser lo que principalmente enciende la otitis.
¿Qué la enciende, entonces? En buena parte, el oído mismo. Una oreja larga, pesada y peluda que tapa el conducto, y adentro unas glándulas de cera que en el cocker tienden a crecer. En 28 cockers americanos revisados con cámara y biopsia, esas glándulas estaban agrandadas en casi todos los oídos con otitis y también en casi la mitad de los que se veían sanos, y el cambio no tuvo relación con alergias (Kaimio y colegas, 2021). En muchos cockers, la otitis empieza antes de que se note.
Eso cambia lo que se hace en casa. Si el problema fuera la piel, se perseguiría la alergia; como es el oído, el cuidado va al oído: secarlo, olerlo, revisarlo, y no dejar que una otitis se vuelva costumbre. Un conducto inflamado una y otra vez se engrosa y se estrecha, y entre los perros británicos a los que hubo que quitarles el conducto entero con cirugía, el cocker inglés aparece de más (Engdahl y colegas, 2023).
Del cocker circula también una leyenda: la «furia del cocker», el perro dorado que muerde sin razón. En esos registros británicos, la agresión sí apareció más que en el promedio, 4 de cada 100 cockers frente a 2 de cada 100 perros, más en machos y más en los de un solo color; en los dorados llegó a 12 de cada 100 (Engdahl y colegas, 2023). Léalo también al derecho: 88 de cada 100 cockers dorados no tenían ninguna agresión en su expediente.
Y el color no absuelve a los demás. En la Universidad de Cambridge, entre 104 cockers ingleses con pancreatitis crónica, 8 de cada 10 eran bicolores, sobre todo azul ruano (Coddou y colegas, 2024). No hay color seguro. El perro que muerde, el que se enferma y el que no, se descubre mirándolo a él.
A un cocker no se lo entiende por el color de su pelo. Se lo entiende mirando adentro de sus orejas, de sus ojos y de su historia.